Esta es la historia de un luchador. No de un luchador al estilo de esos de pantalones cortos y guantes, sino de esos que están fajándose día a día para sacar adelante sus proyectos, sus sueños, su vida. A veces pensamos que las personas que se han hecho un nombre en su profesión lo tienen todo más fácil, que sus días de lucha han quedado atrás en las calles de la memoria. Lejos de esa situación, a veces son esas mismas personas las que deben seguir luchando, no solo por ellos sino por lo que vienen detrás.

Ese luchador es Abel Mendoza.

Abel es de esas personas que llevan años haciendo lo que más les gusta, persiguiendo su pasión día tras día. Antes de él su padre se dedicaba al vino, y antes de él lo hacía su abuelo. Siempre trabajando en las viñas como había que hacerlo. Cuidando la vid, cuidando la uva, con la menor intervención posible para que dé de sí lo mejor posible. Porque lo que a Abel siempre le ha importado es que la uva exprese el terreno del que viene y muestre la diferencia entre parcelas. Y porque el vino se hace en la viña y ahí es donde hay que trabajar más, siempre con las manos desnudas.

La de Abel es una lucha constante por hacer el vino que le gusta, pero sobre todo por hacerlo del modo en que sus antepasados lo hacían, porque esa ha sido siempre la manera de hacerlo y si bien en la actualidad hay otras maneras de hacer vino, de lo que se trata es de que nadie prohíba las cosas que siendo buenas y correctas siempre han funcionado. Por otra parte, un artista como Abel tiene, por decirlo de alguna manera, su público, aquellos a los que sus vinos les tiene enamorados. Y no son pocos. O somos, porque lo que queremos es que los vinos de Abel sigan siendo como hasta ahora, los vinos de Abel, y no otro vino más como el del vecino de al lado o el del pueblo de al lado. La homogeneización nunca es buena, y mucho menos cuando hablamos de vinos de autor como los que Abel hace.

Abel y su pareja Maite tienen 20 hectáreas de viñedos repartidas en 42 pequeñas parcelas que se ubican en tres pueblos protegidos por la Sierra Cantabria: San Vicente de la Sonsierra, Ábalos y Labastida. Prácticamente todas las parcelas están plantadas según el modo tradicional, con diferentes variedades juntas. En alguna parcela hay cuatro variedades, en otras hay hasta seis, blancas y tintas juntas. En algunas las variedades están mezcladas en las hileras, en otras cada hilera es una variedad, así que cuando llega la vendimia hay que estar muy atento mirando cada vid para ver si sus uvas ya están listas para recoger o por el contrario hay que esperar. Abel tiene quien haga la vendimia sabiendo lo que hay que hacer, pero él también está presente para la última decisión.

En estas parcelas Abel tiene cinco tipos de suelo. Los hay arenosos, de arcilla roja, pedregosos… y todos mostrando su propio carácter. En las afueras de San Vicente hay una pequeña parcela que desde hace unas pocas añadas Abel trabaja en biodinámico haciendo un vino completamente natural. Como él mismo dice: “De la cepa a la copa”. Es una parcela Tempranillo 100%, de las pocas que tiene monovarietales, y el vino que ofrece es una maravilla. Guardaviñas 2015 es el que tuvimos ocasión de probar. Un vino muy elegante y muy equilibrado, y también muy fácil de beber. Es una prueba que Abel hace para ver cómo reacciona esta parcela al trabajo natural siguiendo las fases de la luna. Y por lo que hemos podido comprobar, la prueba es todo un éxito.

Bodega Abel Mendoza Monge es una bodega conocida pos su vinos tintos, como el Selección Personal o el Grano a Grano, pero si hay algo que merece mucho la pena descubrir es sus vinos blancos. Que los tiene, y muy buenos. Exactamente elaboran 6 vinos blancos. Cinco son monovarietales: Turrontés, Malvasía, Garnacha Blanca, Tempranillo Blanco y Viura. Luego tenemos un ensamblaje de todos ellos: Abel Mendoza 5V. La vinificación de los monovarietales es muy similar, con una crianza en barricas nuevas de roble francés durante cinco meses. Tuvimos ocasión de probar su Turrontés 2016. Fascinante, un vino muy sabroso del que elaboran alrededor de 2.000 botellas al año, como los demás vinos blancos.

Lo cierto es que fue un gran rato con Abel y con Maite porque nos hicieron ver las cosas desde otro punto de vista y con más perspectiva de lo que estamos acostumbrados. Habló, contó, explicó mucho y eso siempre es de agradecer. Maite fue una gran anfitriona también, con su amabilidad y hospitalidad durante nuestra visita.

Resulta muy sencillo opinar de lo que tienen que hacer los demás desde detrás de un ordenador pero sin duda alguna, personas como Abel Mendoza y Maite son quienes hacen que el mundo del vino siga vivo y que siga mereciendo la pena disfrutar de su trabajo, por mucho que ello les obligue a seguir luchando día a día por conseguirlo. Solo podemos animarles a seguir así, en su lucha y sin que cejen en su empeño. Al fin y al cabo, no es de lo que se trata la vida?

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